Dominación, Sumisión e Igualdad 1: Relaciones Sexuales

El instinto de dominación y sumisión existe en la mayoría de las especies de mamíferos y sin duda se encuentra en la base del desarrollo evolutivo del ser humano.



Cuando hablamos de este instinto, como de cualquier otro, debemos tener en cuenta que su objetivo es la adaptación al entorno natural. Es decir, la inteligencia universal o el diseño divino dota de determinadas tendencias o impulsos naturales a los seres vivos para lograr su reproducción y supervivencia.

Reflexiones filosóficas 5 - Soledad González Silgo

Ahora bien, el ser humano posee mecanismos de supervivencia diferentes al resto de las especies. Su adaptación depende de su propia inteligencia. Cabe entonces preguntarse:


¿Es necesario seguir sosteniendo este instinto en las relaciones humanas?

¿Puede el ser humano realmente sustraerse a él?


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El instinto de dominación y sumisión posee 2 vertientes:

1. La relación macho-hembra (relaciones sexuales)

2. La ordenación jerárquica (relaciones sociales)

Relaciones sexuales: macho-hembra

En las diferentes especies de mamíferos, la hembra adopta el papel de sumisión en las relaciones sexuales, mientras que el macho, toma el rol dominante. El sentido de este instinto es asegurar la reproducción. Los animales no poseen ninguna ventaja en el acto sexual salvo el reproductivo. Por tanto, es necesario que exista un instinto que lleve al macho a ser activo en la copulación y a la hembra a ser pasiva. El hecho de que el macho mamífero copule desde atrás a la hembra, facilita este reparto de roles: la hembra se deja hacer y el macho toma la iniciativa.



La relación dominante-sumisa o, si se quiere, activo-pasiva, está inserta también en la biología humana. En él se sustenta la mayoría de relaciones sexuales que ha tenido la humanidad a lo largo de su historia. Si bien nuestra especie puede realizar la cópula cara a cara, la “postura del misionero” dejar ver por su forma e, incluso por su nombre, este modo de relación.


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Llamar a una postura sexual, "postura del misionero", es una retórica de la dominación-sumisión

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Sin embargo, también se sabe que el instinto de dominación-sumisión no es necesario para la reproducción de nuestra especie. El ser humano es el único que puede gozar de su sexualidad. La relación sexual es posible por otros motivos: desde el cariño, el amor o el placer.



Pese a ello, todavía existe en el inconsciente colectivo de nuestra especie una atracción por las relaciones de dominación-sumisión. Los hombres sueñan con satisfacer a las mujeres y las mujeres con ser satisfechas por los hombres. A veces, los roles se cambian y la mujer se torna dominante y el hombre sumiso; e incluso existen relaciones homosexuales. Pero nada de esto escapa al instinto. Tomar el poder o dejarlo en manos de otro, sigue siendo parte de lo mismo.



Es cierto, que muchas personas lo toman como un juego y jugar nada tiene de malo. Sin embargo, ¿hasta qué punto son las personas capaces de trascender realmente este instinto en sus relaciones?

Incluso el "juego de ligar", posee unas claras connotaciones en el que estos papeles se acentúan. Los hombres se visten de “machos” y las mujeres de “hembras”. Es decir, se acentúa la diferencia de género en los atributos físicos para la seducción.

La trascendencia del instinto

En oposición a esta tendencia, desde la religión, la moral y ciertas normas de corrección social se intenta frenar tal instinto. El mensaje de dichas instituciones es que las relaciones sexuales humanas “deben ser” de amor. Pero tales consignas sobre el deber parecen no ser suficientes. Cualquier cosa que se prohíba corre el riesgo de ser aumentado, más aún cuando se trata de instintos.



Más bien, si quisiéramos trascender de algún modo nuestra animalidad, convendría acudir a la observación individual. Las personas muchas veces no son siquiera conscientes de sus instintos.



La trascendencia de las relaciones sexuales de dominación y sumisión se da cuando hombre y mujer (u hombre-hombre, mujer-mujer) se sitúan en la igualdad. Cuando hacer el amor es una cuestión de compartir más que de “hacer o dejarse hacer”, entonces estamos hablando de relaciones propiamente humanas.

El único modo de que esto sea real es que cada persona enfoque en sí misma y en la motivación de sus actos, que escudriñe cuando actúa desde lo biológico y cuando desde su humanidad (racional o amorosa).



Comportarse como animales” es algo que hoy en día se atribuye a la violencia pero no al sexo. Las modas de seducción y el mercado de la pornografía ayudan a crear un aura de sofisticación de algo que es, simple y llanamente, animal. El instinto se ha colocado como fetiche o lugar de recurrencia entre las relaciones humanas. Metafóricamente, se ha puesto corsé, ligueros e incluso cuerdas de seda a nuestra animalidad.



Por desgracia, la violencia es frecuente también en las relaciones de género. Habría entonces, como mínimo, que preguntarse si esta animalidad proviene de otro lugar. Pero no es así. El instinto de dominación-sumisión en las relaciones sexuales es el caldo de cultivo e incluso el germen de la violencia de género.


Las disputas conyugales, la violencia verbal, el maltrato, el abuso o la violación en los hogares tienen su origen en un instinto que quiere ser abandonado en favor de la igualdad. Si fuéramos sólo animales cada uno ocuparía su lugar: el macho manda y la hembra se deja. Pero somos humanos y estamos en camino de trascender los instintos.



En una sociedad donde las personas se relacionan como iguales, independientemente de su biología; en una sociedad donde la sexualidad es una cuestión de compartir y no de "llevar a" o "ser llevado"; en una sociedad en la que predomina el amor sobre el impulso y la racionalidad sobre el instinto; muy difícil será que la violencia de género subsista.



Ahora bien, la solución no es poner un límite al instinto, no es colocar normas y castigar. Tampoco es estigmatizar o asustar con enfermedades o caminos del infierno. La única solución es individual.

La luz de la consciencia

La programación no es sólo aprendida o cultural. También existe una programación biológica.



Toda programación necesita de la luz de la consciencia para que no se adueñe de la conducta. No quiere decir que esto o aquello esté mal. Sólo se trata de que la programación no actúe por sí misma, por encima de quien realmente es la persona.



Cada persona puede preguntarse, en cada actuación, cuál es su motivación de fondo: ¿satisfago un instinto o no? Y, a partir de ahí, la clave es observarse y decidir hasta dónde quiere llegar, hasta dónde quiere llevar su impulso animal.

Desde una observación consciente del propio instinto siempre se puede elegir. Si una persona es consciente, sus impulsos no le atraparán ni le llevarán a lugares de dominación o sumisión a donde realmente no quiere ir.



Pero para ello ha de estar ojo avisor en cada momento, consciente de que, aunque en pequeño grado, está actuando muchas veces desde su animalidad más que desde su humanidad.


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Cada gesto de seducción desde lo sexual, cada propaganda o expresión que acentúe una diferencia biológica, cada actuación que etiquete como "hombre" o "mujer", y no simplemente como "persona" o "ser humano", procede del instinto.


Simplemente, sé consciente y elige qué quieres ser.

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Hay un animal dentro de ti. ¿Hasta dónde lo quieres seguir?