Dominación, Sumisión e Igualdad 2: Relaciones Sociales


No se puede negar la existencia del instinto de dominación-sumisión. Existe en todas las especies de mamíferos, en otras especies animales, e incluso en la flora y organismos menos complejos.


Este instinto atiende a la diversidad y a la ordenación. Es decir, a la ubicación de cada individuo, según sus capacidades, dentro de un grupo.


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El instinto de dominación-sumisión permite la ordenación de individuos dentro de un grupo.

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Por ejemplo, en la mayoría mamíferos, las hembras cumplen un papel relevante en el cuidado de las crías, formando manadas o comunidades y, a veces, una matriarca o hembra dominante las dirige. Sin embargo, la estructura de cuidado en gran parte de las aves es diferente, más similiar a lo que sería una familia nuclear: hembra, macho y polluelos.

En el ser humano existen también ordenaciones naturales, dependiendo de la capacidad de sus integrantes se establece una estructura organizativa con un objetivo común.

Ahora bien, dada la versatilidad humana, estas estructuras no deben ni pueden ser invariables. Siguiendo el ejemplo de la crianza, hay hombres muy dotados para el cuidado y la ternura, y también mujeres más especializadas en proveer.



Establecer una ordenación concreta, siguiendo lo que ocurre en una especie o varias de animales, nunca es la solución; pues entre ellas existen múltiples diferencias y el ser humano puede asumir cualquiera de ellas.


Como me gusta decir habitualmente, en el ser humano coexisten primates, elefantes, felinos, colibríes o lirios. Seguir una estructura normativa o prefijada basada en otras especies animales no es el mejor modo de actuar entre personas.


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En el ser humano, el instinto de dominación-sumisión sólo puede ser enmarcado en función de las potencialidades reales de cada individuo.

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Evidentemente, si en una empresa, alguien sabe más o está más dotado para la organización del grupo, este debe ser el líder de recursos humanos; y quien posea la capacidad de planificar los objetivos, tomará el rol de director o presidente.

La articulación de las diferencias entre personas requiere un posicionamiento efectivo y real de cada individuo dentro del grupo. Y, al mismo tiempo, este puede estar sujeto a variaciones.

¿Cómo se establece entonces la igualdad?

La igualdad es posible dentro de la diversidad cuando está bien organizada y contribuye al bien, tanto individual como común. La dominación-sumisión es natural hasta el preciso momento en que no funciona o no satisface a sus integrantes.


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El instinto de dominación-sumisión es natural cuando atiende a la individualidad.

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¿Quién puede tener objeciones a que un buen o buena jefe dé las instrucciones a sus empleados? Si éstos sacan el beneficio que necesitan de su trabajo estarán felices y, más aún, podrán compartir de igual a igual en el ámbito personal con aquél o aquella.

Más claramente, cuando las funciones se distribuyen equitativamente en relación a las capacidades, todo está bien: el instinto de dominación-sumisión se sitúa en un aspecto concreto y se acuerda entre personas iguales en todos los demás ámbitos.

Los problemas vienen cuando, o bien los roles no se distribuyen funcionalmente, o bien se pretende sacar beneficios de una ordenación concreta en aspectos ajenos a la misma.



Un jefe que sabe menos que su empleado en sus labores, un peón que es más débil físicamente que un encargado, etc. son ejemplos del primer caso. Atender a las capacidades reales es siempre esencial para que una organización sea estable.


El segundo caso se da cuando se empiezan a considerar mejores o peores determinadas funciones frente a otras. Cuando por ser jefe, maestro, director o capataz, alguien se cree mejor persona que otra. Y, viceversa, cuando por ser empleado, discípulo, asociado o peón, alguien cree que es peor.


Pero, y aquí viene el asunto más importante, el segundo caso nunca se da, si no se da el primero.

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La igualdad es posible dentro de un grupo ordenado.

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Si cada persona se siente bien en su rol, es porque están bien establecidaos, es decir, porque cada persona se autorrealiza en ese papel concreto que le toca jugar en las diferentes organizaciones a las que pertenece. Y, si esto ocurre, los grupos son realmente comunidades y no jerarquías, por más que unos posean funciones que influyan en decisiones comunitarias y otros sólo en decisiones individuales.


De este modo, la consciencia de que cada uno cumple su rol por el bien del grupo y, al mismo tiempo, por interés individual; crea la confortabilidad en el grupo y la asunción de una igualdad base de persona a persona. Entonces nadie pretende hacerse con el poder más allá de su estricta función.


La igualdad y el instinto de dominación-sumisión no están enfentados cuando predomina el bien común y la autorrealización, cuando el grupo funciona y cada individuo consigo mismo también.
Pretender ser más o menos de lo que uno es deviene siempre de potencialiades no realizadas.



Criticar las funciones del líder -sea en la empresa, en política, en la familia o en cualquier organización- procede de que la persona que critica no se está autorrealizando en su función. La insatisfacción dentro de un grupo procede de no estar bien situado. Más claramente, se está dando una sumisión o una dominación no natural o acorde con la esencia más íntima de cada individuo.


Sostener la igualdad entre las personas es posible cuando cada quien posee la autoridad o la otorga según su propia naturaleza individual.

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La autorrealización es la clave de la igualdad.


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Soledad González Silgo


Soledad González Silgo

Tenerife, Islas Canarias, 2020